- Calle Fuente de la Teja, 2G. Lezkairu
- 948 35 47 48
- De miércoles a viernes: de 9:00 a 17:00 horas. Sábados y domingos: de 11:00 a 18:30
- Tortillas de patata y arroces para llevar
- 25-30 euros por persona.
Hay lugares que no necesitan grandes rótulos, ni terrazas infinitas, ni cartas de diseño para destacar. Lugares que funcionan por algo mucho más sencillo —y más difícil de encontrar—: hacer bien las cosas. Y el bar Lezkairu es, precisamente, uno de esos sitios.
Aunque está ubicado en una de las zonas más nuevas de la ciudad, es casi un superviviente. Y es que se encuentra en el último reducto de las construcciones originales que dieron forma a Lezkairu antes de su desarrollo actual. De hecho, no es un local que veas paseando por la calle principal. Está algo escondido, frente a la escuela infantil pública, como si quisiera mantenerse al margen del ruido. Y quizá ahí reside parte de su encanto.
Porque cuando entras en el bar Lezkairu, lo primero que sientes es que has acertado. Hay algo en el ambiente —difícil de explicar, pero muy reconocible— que te dice que vas a comer bien. La pizarra con las raciones, los precios contenidos que invitan a pedir sin miedo, y esos folios pegados por las paredes anunciando sus arroces… todo desprende una nostalgia que se agradece en tiempos de QR y cartas interminables. Aquí no hay artificio. Hay cocina.
Y empezamos, como no podía ser de otra forma, por varios entrantes para compartir. Las patatas bravas fueron el primer acierto: naturales, bien fritas, con una salsa con carácter, de esas que no se quedan a medio camino. Un clásico bien ejecutado que marcó el tono de lo que vendría después.
Seguimos con una oreja a la gallega, un plato que no es fácil encontrar y que aquí trabajan con mucho acierto. Tierna, bien aliñada, con ese equilibrio entre textura y sabor que hace que cada bocado tenga sentido. De esos platos que, cuando los ves en carta, sabes que hay que pedir.
Las zamburiñas fueron otro de los puntos fuertes del inicio. Sabor a mar, acompañado de un ajilimojili sabroso, que no tapa pero sí potencia. Sencillas, pero muy bien resueltas.
Y cerramos esta primera parte con unos torreznos crujientes, cortados en el tamaño perfecto para compartir. Dorados, con ese contraste entre corteza crujiente y carne jugosa que los hace irresistibles. Otro acierto más en una mesa que ya empezaba a dejar claro que aquí se viene a disfrutar.
Pero si hay algo que convierte al bar Lezkairu en un lugar especial dentro del panorama es precisamente su propuesta de arroces. Porque sí, hay muchos sitios donde comerlos, pero no tantos donde hacerlo con esta relación calidad-precio y este nivel de disfrute.
La carta de arroces es amplia, variada y pensada para todos los gustos. En nuestro caso, nos decantamos por uno de los clásicos: el arroz con bogavante. Y aquí viene lo interesante. Por 22,50€ por persona, cada comensal recibe medio bogavante en un plato generoso, sabroso y muy bien ejecutado. Un precio difícil de encontrar con este nivel de producto.
El arroz llega en su punto, aunque aquí va un consejo importante: merece la pena esperar unos minutos antes de empezar. Dejar que el grano termine de absorber el caldo, que se asiente, que coja ese punto meloso que marca la diferencia. Es un ejercicio de paciencia que tiene recompensa.
Y si no puedes esperar —que también es comprensible—, no pasa nada. Porque la ración es generosa, y ese segundo plato que te sirves suele ser incluso mejor que el primero. Más asentado, más sabroso, más redondo.
Es un arroz que no busca reinventar nada, pero que consigue algo más importante: que lo disfrutes de verdad. Y eso, en un contexto donde cada vez hay más oferta de arroces en Pamplona, no es poca cosa.
Para terminar, y como ya es tradición cuando una comida ha ido bien, nos dejamos llevar por los postres. Una tarta de queso correcta, cremosa y agradable, y un brownie de los de verdad. Caliente, con el interior fundente, lejos de esos bizcochos de chocolate que muchas veces intentan colarse como brownie. Aquí no hay engaño.
En definitiva, el bar Lezkairu es uno de esos sitios que te reconcilian con la hostelería más auténtica. Sin postureo, sin artificios, sin necesidad de llamar la atención. Un lugar donde lo importante está en el plato, donde el ambiente acompaña y donde el precio no te hace mirar dos veces antes de pedir.






